junio 30, 2026

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El dolor se convierte en rabia entre los restos del terremoto en Venezuela

El dolor se convierte en rabia entre los restos del terremoto en Venezuela
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La rabia empieza a desplazar al dolor. Cinco días después del doble seísmo que sacudió el norte de Venezuela, las posibilidades de hallar señales de vida bajo las losas de cemento son mínimas, y los vecinos se sienten abandonados. Agotados e impotentes. Muchos no se han despegado de los edificios donde saben que siguen atrapados sus seres queridos. Ahora, ya, probablemente, muertos. La frustración se dispara entre ellos, contra los rescatistas que no llegan y contra las autoridades. También contra el Gobierno de Delcy Rodríguez, que dirige el país de la mano de Estados Unidos desde la caída de Nicolás Maduro.

Por María Martín / elpais.com

Venezuela ni siquiera ha empezado el luto porque sigue en modo supervivencia. El alcance de la catástrofe aún es imposible de calcular, pero es enorme. Los dos terremotos —de magnitudes 7,2 y 7,5, encadenados en menos de un minuto la tarde del miércoles— son los más destructivos que ha sufrido el país en más de un siglo. Este lunes el balance oficial era de 1.719 muertos y casi 13.000 familias damnificadas, pero serán muchos más. La ONU calcula que más de 50.000 personas siguen desaparecidas y la oposición, que ha levantado su propio registro, eleva la cifra por encima de las 55.000. Son registros que incluyen repeticiones, pero nadie duda de que aún faltan miles de víctimas mortales por contabilizar. La Guaira, el estado costero que en 1999 quedó sepultado por los deslaves del Ávila, vuelve a verse devastado.

La magnitud de la tragedia se refleja en uno de los estacionamientos de La Guaira que las autoridades convirtieron en una morgue improvisada al aire libre. Aguantó hasta que los propios vecinos, asfixiados por el olor, reclamaron que se llevaran los cuerpos. “Estaba afectando a personas mayores y niños, ya era muy peligroso. Era horrible”, cuenta Génesis, que vive al lado. Las imágenes que ella misma compartió con EL PAÍS muestran decenas de cadáveres hinchados, desnudos, alineados. Una parcela entera. La crisis de salud pública ya es un nuevo reto.

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“¡Máquinas! ¡Queremos máquinas! ¡Estamos cansados! ¡Mi hijo está ahí dentro!”. El hombre, cubierto de polvo, con la mascarilla mugrienta caída en la barbilla, grita afónico con el puño en alto. Está fuera de sí. La desesperación más absoluta se apoderó este domingo de los vecinos de un rincón olvidado de La Guaira, la zona más devastada. Es un barrio pobre, donde las torres no tienen vistas al mar ni piscina, sino pisos de protección oficial para familias humildes. Allí montan guardia desde hace cinco días los vecinos de la conocida como torre Oppe33. No se duchan, apenas comen. Duermen de noche en un descampado y de día escarban.

La primera excavadora apareció apenas este domingo y empezó a retirar cascotes, pero hace falta maquinaria capaz de levantar y picar los forjados que han caído unos sobre otros, plegados como un acordeón. La segunda llegó más tarde, aunque de poco sirvió: en un país que se asienta sobre las mayores reservas de petróleo del mundo, no había combustible para ponerla en marcha. La escasez de gasolina y un apagón que dejó a oscuras buena parte del litoral han lastrado el rescate desde el primer día. “Esto es una anarquía, aquí no se ha presentado nadie”, reclama el profesor Brencis Hernández, cuyo hijo sigue enterrado.

La ayuda internacional ha llegado a toneladas. Casi 3.000 rescatistas extranjeros —de Turquía, Chile, México, El Salvador, España, Estados Unidos o Qatar— se reparten por los escombros con su tecnología. Los cataríes han traído incluso sus brillantes camiones de bomberos, que contrastan con las ambulancias destartaladas que recorren La Guaira. El presidente salvadoreño, Nayib Bukele, narra en directo en sus redes cada cuerpo que sus equipos localizan con vida.

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Este domingo, una bombera francesa, tendida boca abajo sobre las piedras, introducía una cámara por uno de los huecos de uno de los escenarios más terroríficos del seísmo: un derrumbe de torres en cadena que arrasó una superficie equivalente a unos tres campos de fútbol. Tenía la cara enrojecida y la trenza rubia cubierta de polvo y su gesto expresivo al sacar la cabeza del agujero lo decía todo: desolación.

Los vídeos de incidentes se multiplican en las redes. Reflejan sobre todo la rabia contra los militares, a los que se ve organizando el tráfico y paseándose por las calles, pero no picando piedra como los demás; y, en definitiva, contra cualquier autoridad. La indignación crece con nuevos episodios, como cuando Delcy Rodríguez apareció en la televisión estatal tras interrumpir a un grupo de rescatistas internacionales para agradecerles ante las cámaras —“Quisimos apartarlos de sus tareas, que sabemos que son vitales, para darles las gracias”, dijo— con la gente aún atrapada.

En una de las escenas que circulan, una hilera de policías con escudos intentaba impedir que decenas de motos sortearan el acceso a la carretera de La Guaira —en teoría cortada para evitar nuevos colapsos, aunque estos días ya se llega sin mucha dificultad—. Uno de los motoristas se empeñó en pasar por encima de un uniformado. En otro vídeo, un joven con chaleco naranja se encara a gritos con militares y policías: “¡Aquí hay más fusiles que palas, hermano!”. Los uniformados lo miraban sin reaccionar. La chispa amenaza con prender cada día. “A mi hija la saqué por la mitad. De aquí no se mueven hasta que se la lleven: ¡ya no tengo nada que perder!”, gritaba otro hombre, desencajado, en mitad de un piquete vecinal para frenar la marcha de los rescatistas.

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